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Pedro Opeka: Haciendo efectivo el Evangelio

Pedro Opeka: Haciendo efectivo el Evangelio

Hay una humana (y eclesial) tendencia a valorar a las personas cuando ya han partido a la casa del Padre. Los homenajes y testimonios sobre personas vivas son más raros, y están casi reservados a los “grandes” personajes de nuestro tiempo. No obstante, todos sabemos de la callada labor de miles de testigos del Evangelio en cualquier lugar del globo, en un trabajo silencioso (a veces silenciado) y continuo. La semilla de mostaza, en estos casos, se planta, y el árbol que nace de ella da cobijo y sombra a muchas personas.

Quizás no conozcas a quién me refiero cuando hablo de Pedro Opeka. Permíteme presentarlo.

Pedro es un misionero paúl originario de Argentina, aunque hijo de eslovenos. Desde ya hace muchos años es misionero en Madagascar. Ha trabajado por los pobres y dignificado la vida de miles y miles de personas en Madagascar.

Nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, el 29 de junio de 1948. A los 15 años decidió ser misionero y entró al seminario de la Congregación de la Misión, fundada por san Vicente de Paúl en Francia en el siglo XVII. Continuó su formación estudiando Filosofía y Teología en Liubliana, Eslovenia y en Francia. Durante estos años viajó a Madagascar donde trabajó como albañil en las parroquias de los paúles. Finalizó sus estudios en el Instituto Católico de París. En septiembre de 1975 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Nuestra Señora de Luján, y destinado para hacerse cargo de una iglesia en Vangaindrano, en el sudeste de Madagascar, uno de los países más pobres del mundo. En la capital, Antananarivo, construyó una ciudad donde había un depósito de basuras. Sacó de la miseria extrema a cientos de miles de malgaches.

La primera vez que estuvo en esa isla vio a cientos de niños y jóvenes escarbando en un inmenso basurero, y se dijo a sí mismo: “Acá no toca hablar, porque sería una falta de respeto hacia ellos: debemos ponernos a trabajar”. Uno de los primeros proyectos de Opeka fue la remodelación de un Hospital, en colaboración con la Fundación “France Libertés”. De aquella época el P. Opeka dijo que “caí enfermo, tan enfermo que casi me muero. No podría haber sido de otra manera. El centro hospitalario de la ciudad está completamente desprovisto de todo material y es un desafío a las reglas de higiene. Me habría muerto si mi congregación no me hubiera repatriado a Francia. ¿Cómo puedo presentarme ante mis fieles y persuadirlos de que se hagan tratar en el hospital, cuando conozco lo que es?”.

Además, creó una pequeña casa para los niños, de cuatro por cuatro metros, junto al vertedero de basura, para proporcionarles leche. Los entusiasmó con la idea de convertir una montaña de granito en piedras y adoquines, para venderlos para la construcción. De esa manera nació la cantera en la que trabajaron hasta 2.500 personas que hasta entonces vivían de la basura. Luego aprovechó el vertedero para crear una empresa de venta de abono natural.

Con lo producido, él mismo levantó casas de ladrillo de dos pisos (oficio que aprendió de su padre, obrero de la construcción), al mismo tiempo que les enseñaba a los demás cómo hacerlo. Los grupos de casas fueron creando 17 pueblos que a su vez conformaron toda una ciudad levantada donde estaba el basurero. Cada uno de esos pueblos posee Jardín de Infantes, Escuelas Primarias, Secundarias, un Dispensarios, un Hospital y 2 Maternidades y 4 Cementerios. Los lugares poseen agua potable y comedores.

Niños que vivían de la basura encontraron la manera de vivir dignamente gracias al sacerdote Opeka.

De esta manera evitó que miles de chicos continuaran revolviendo en la basura y ofreció una vida digna a más de 500.000 personas, al crear la organización no gubernamental “Akamasoa” (buenos amigos, en lengua malgache). Akamasoa se convirtió así en una gran ciudad, que hacia 2015 contaba con 17 barrios y más de 25.000 personas, el 60% menores de 15 años. Ya tiene 5 Guarderías, 4 Escuelas, un Liceo para Mayores y 4 Bibliotecas, y mas de 10.000 escolarizados.

El Padre Pedro suele insistir que la mejor manera de ayudar al pobre, no es con asistencialismo, sino cambiando la conciencia para que sean protagonistas y autores de su propio destino. Suele decir: “les amo demasiado como para asistirlos”.

Cousteau filmó un documental sobre su obra y en Europa circulan varios libros sobre su vida. Dicen que es “la versión masculina de la madre Teresa de Calcuta”. Y fue propuesto al Premio Nobel de la Paz.

Madagascar

Madagascar es una isla del Océano Indico, que está separada del continente africano por el Canal de Mozambique. Es uno de los países más pobres del mundo: alrededor del 70% de sus habitantes están bajo la línea de pobreza.

Su descubrimiento se remonta al 1500, con la llegada del portugués Diogo Dias, quien la llamó San Lorenzo. El nombre que permaneció, sin embargo, es el que Marco Polo le había dado a otro territorio. Cuando los franceses llegaron, en 1700, la población malgache estaba formada por dos etnias diferentes (meritnia y betsileo), agrupadas en dos grandes reinos. Se independizó de Francia en 1960 cuando, después de medio siglo de luchas y rebeliones, fue proclamada la primera República Magalche, con un gobierno nacionalista.

Presencia de los Misioneros Paúles en Madagascar

Artículo de Basile Alizafy:

En la Evangelización en Madagascar promovida por los Misioneros Paúles (Congregación de la Misión) se pueden distinguir dos épocas.

  1. Primera época (1648-1674). Los primeros misioneros, enviados por el mismo san Vicente, los padres Nacquart y Gonder. Este último murió en mayo 1649 y el primero, en mayo de 1650.Después de la muerte del Padre Nacquart, san Vicente no pudo enviar más misioneros durante cuatro años. La segunda expedición tuvo lugar en marzo de 1654, fueron tres misioneros: Los Padres Mousnier y Boudaise y el Hermano Forest. El Padre Mousnier murió nueve meses después y el Padre Boudaise, dos años más tarde. San Vicente no dejó de enviar misioneros a la Gran Isla. Su última expedición fue en enero de 1660, ocho meses antes de su muerte. En total san Vicente mandó seis expediciones de misioneros a Madagascar. El Padre Almerás, nuevo Superior General, continuó enviando misioneros, hasta que tuvo que suspender el envío porque los insulares comenzaron a ser hostiles a los misioneros. Los franceses se encontraban en peligro. A pesar de todo, el Padre Almerás envió a Madagascar tres expediciones: en 1663,1665 y 1666. La mayoría de los misioneros murieron unos dos años después de su llegada a Tolagnaro. La causa principal de su muerte era la insalubridad del clima que provocaba fuertes fiebres de paludismo. Pero hubo también otras causas como la inseguridad; unos fueron envenenados y otros fueron asesinados. En total 37 misioneros, 25 Padres y 12 Hermanos Coadjutores que ofrecieron su vida en este primer periodo de presencia muy breve porque duró solo unos 26 años, pero fue muy rica en Evangelización. De estos misioneros salió el primer catecismo malgache en 1657.
  2. Segunda época (a partir de 1896). Fue necesario esperar 220 años para que se reanudara la Misión. Los primeros misioneros entraron desde Etiopía. Dependían totalmente de Monseñor Crouzet, al mismo tiempo que Vicario Apostólico, Superior de los Paúles. En 1932, Monseñor Crouzet, todavía Vicario Apostólico, fue descargado de su responsabilidad en cuanto a la Congregación de la Misión. El mismo año, el P. Juan Bautista Gracia fue nombrado Visitador Provincial. El Vicariato Apostólico de Fort-Dauphin era entonces enorme. Representaba aproximadamente una tercera parte de la superficie de Madagascar. En 1939, la Provincia canónica de Madagascar contaba con 34 misioneros. A pesar de los refuerzos enviados después de la Segunda Guerra Mundial, nunca hubo más de 40 misioneros en activo en el Vicariato de Fort-Dauphin.

Los dos primeros Padres Paúles malgaches

La Congregación de los Paules se implantó definitivamente en Madagascar en 1896. Ya hemos celebrado el centenario de esta segunda etapa de la Misión en 1996. Durante esos años, el deseo de venir en seguimiento de Cristo Evangelizador de los pobres se hacía sentir en el corazón de algunos jóvenes malgaches. Los Padres Tomás Zafimasina y el Padre Norbert Botomary, fueron los primeros Padres de la Misión malgaches.

La Provincia de Madagascar

Madagascar fue erigida en Provincia Canónica en 1911. Su primer Visitador Provincial, el ya mencionado Monseñor Crouzet. En 1953, el Padre Clemente Cassan, antiguo misionero de china, llegaba como nuevo Visitador Provincial. La situación de la Evangelización en el sur de la Isla era tan crítica que inició la búsqueda de cohermanos de otras Provincias para la revitalización. Apoyado por el Padre William Slattery, Superior General a la sazón, los esfuerzos del P. Cassan permitieron la llegada de sacerdotes paúles de Roma, Turín en 1962, españoles en 1966, eslovenos y polacos. Cada grupo de nacionalidad propia tenía un sector particular. El grupo español, el Androy.

A comienzos de los años 70, las vocaciones sacerdotales y religiosas conocieron una evolución constante en la Iglesia de Madagascar. A petición de los Obispos, los cohermanos tomaron parte en los equipos de formadores en el Seminario Mayor de Ambatoroka (Tananarive) y en el Seminario Mayor de Fianarantsoa. Los sacerdotes paúles, además de las actividades pastorales, hicieron grandes esfuerzos para promover las vocaciones sacerdotales, tanto para el clero secular como para la Congregación de la Misión.
Varios jóvenes manifestaron el deseo de comprometerse en el seguimiento de Cristo Evangelizador de los pobres. Esto condujo a la apertura del hogar “Tomás Zafimasina”, en Tananarive, en 1983, del Seminario Interno en la Casa Provincial de Marillac, en 1986, y algo más tarde los Estudios de Filosofía y Teología “San Vicente de Paúl” en Fianarantsoa.

Hoy, la Provincia de Madagascar unificada va tomando progresivamente su rostro malgache. Hay misioneros de otros países que han vuelto a su país de origen, por una u otra razón y también hay cohermanos malgaches que han dejado el sacerdocio. La Provincia canónica de Madagascar cuenta actualmente (nota: el artículo es de diciembre de 2006) con 76 sacerdotes, de los cuales 33 son malgaches y 43 extranjeros; además de dos Diáconos y seis Hermanos Coadjutores malgaches. Hay 26 jóvenes en formación.

La actual Provincia de Madagascar tiene un porvenir esperanzador. Jóvenes que desean seguir a Cristo en la Congregación de los Paúles continúan llamando a la puerta aunque esto exige un gran esfuerzo de discernimiento por ambos lados, superiores y candidatos.

La Provincia continúa esforzándose y creciendo. Hasta ahora la mayor parte de los cohermanos asumen actividades pastorales en tres diócesis. Espera poder vivir su vocación propia, a saber, ir hacia los más pobres para llevar la Buena Nueva de Jesucristo, formar un equipo permanente para celebrar “misiones populares” y darse a la formación del clero.

La historia del cura argentino que enseñó a levantar pueblos en África

Artículo aparecido en el Diario Clarín, el 18 de Febrero de 2006:

Fue dos veces propuesto como Premio Nobel de la Paz. Sobre su obra se filmaron una decena de documentales y se escribieron seis libros. Es amigo de Gilbert Mitterand, hijo del ex presidente francés, y del Príncipe de Mónaco. Jacques Cousteau lo denominó “soldado de la humanidad”. Se llama Pedro Pablo Opeka, es argentino, sacerdote paúl, tiene 57 años, y dedicó su vida a una obra que hoy tiene la forma de cuatro pueblos en suelo africano. Un complejo al que todos llaman: “Los pueblos del padre Pedro”.

Como sucede cada tanto, Opeka volvió a Buenos Aires. Cada visita que hace proveniente de la isla africana de Madagascar, donde pasa sus días desde hace 31 años, es vivida por su familia como de fiesta. Su llegada a la Argentina es motivo de reunión para sus padres, sus siete hermanos, sus sobrinos y los amigos que quieren darle la bienvenida en la casa paterna de Ramos Mejía. Una casa donde la distancia con el hijo intenta achicar con una infinidad de imágenes que cuelgan de las paredes del living. “Parece un santuario”, bromea una de las hermanas.

El padre Pedro se ordenó como sacerdote en el 75, en la basílica de Luján. Aun antes de recibir los votos había misionado dos años en Madagascar, en el Océano Indico, donde lo conmovió la gente y la pobreza en la que vivían. Allí volvió, definitivamente, el 6 de enero de 1976.

Mi vida en la isla debe dividirse en dos. Por un lado, los 15 años en la costa donde aprendí la lengua, las costumbres, la mentalidad. Donde me zambullí dentro de la vida malgache de la selva. Y estos últimos 16 años que estoy en la capital“, dice.

Las casas de Akamasoa, al atardecer.

La obra del padre Pedro (por la que hoy lo reconocen en el mundo) está allí, en Antananarivo, capital de Madagascar, donde llegó tras haber sido nombrado director del seminario de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl.

Su camino giró apenas dos meses después de llegar, cuando sus ojos vieron la miseria en la que vivían los malgaches que se habían asentado alrededor del basural de la ciudad. En ese mismo momento empezó a trabajar con los lugareños en lo que hoy se erige como Akamasoa, que en malgache quiere decir “los buenos amigos”. Les enseñó todo lo que él había aprendido de su padre albañil.

Akamasoa fue levantada sobre las laderas de las colinas y a un lado del basural municipal. Está compuesta por 4 pueblos que fueron construidos por los lugareños: edificaron viviendas, trazaron calles y tendieron el alumbrado eléctrico. Hoy, “Los pueblos del padre Pedro” (así es como se los conoce en Madagascar) tienen 16.000 habitantes permanentes, pero han pasado por allí unas 280.000 personas. Hay cuatro escuelas primarias, cuatro secundarias y un liceo. También tienen un centro de salud, cementerios, espacios verdes y polideportivos.

Desde hace un tiempo ya no permiten que se instalen más familias. “Si recibimos a toda esa gente, ¿cuántas miles de viviendas más necesitaríamos? Nosotros no queremos reemplazar al Estado“, aclara.

Sin embargo, tienen un centro de acogida por el que sólo en 2005 pasaron 29.000 personas. En este sitio se les da a los pobres lo que necesitan: curar alguna enfermedad, aprender un oficio, dinero para poder volver a sus casas, ropa, un plato de comida o fuerza para salir adelante. “Ese es nuestro trabajo. Así impedimos que esa gente se instale en la ciudad como mendigos“, dice. “Este milagro no lo hizo el dinero, lo hizo la fe. Una convicción que tuvimos del hombre, de la humanidad, de los derechos humanos“, insiste y por eso lucha para que se invierta más en África, el continente olvidado. Y por eso (asegura él) “es que me quedo allí“.

El misionero Pedro Opeka ha construido en Madagascar 17 poblados para 15.000 personas

Artículo publicado en el Semanario “Iglesia en camino” de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España) el 23 de febrero de 1997:

Pedro Opeka, un misionero paúl, de nacionalidad argentina y de origen esloveno, trabaja desde hace 22 años en Madagascar, la cuarta isla más grande del mundo, un lugar donde la esperanza de vida apenas supera los 50 años, y la de la renta per cápita es sólo de 200 dólares, frente a los casi 14.000 de España. Allí el Padre Opeka es un héroe nacional porque hace realidad cada día el sueño de los más marginados, al dar actualmente cobijo y trabajo a 15.000 personas sin techo ni hogar.

El Padre Opeka lleva años trabajando en lo que es una tarea impuesta a todos por el Papa en su Mensaje para esta Cuaresma de 1997: Reconocer y socorrer a Cristo en quienes no poseen casa, en quienes no tienen “donde reclinar su cabeza”.

R. Cuando llegué a la capital de Madagascar, a Tananarivo, para ser director de un seminario me encontré con 14 muchachos que se preparaban al sacerdocio y al mismo tiempo con una gran pobreza en aquella ciudad, donde había una multitud de gente buscándose la vida en los basureros. Había allí miles de niños, de mujeres, de familias. El ver a esa gente, especialmente a los pequeños, me llegaba al alma. Ante esa situación había que hacer algo. Empecé a visitarlos todos los días durante el tiempo que me permitía la atención a los seminaristas. Les decía que yo no tenía dinero, pero que si ellos estaban decididos a salir de esa miseria, de vivir en la calle, yo estaba dispuesto a buscarles tierras, a darles herramientas y después ya veríamos los pasos que había que dar.

P. ¿Qué hizo usted?

R. Lo primero fue atender a lo más básico y luchar contra el frío, ya que vivían en la calle, así en la primera semana les proporcioné unas 1.000 mantas, pero a la vez que el frío, había que atajar el hambre, especialmente de los niños y preparamos para ello grandes ollas de arroz, cocinando debajo de los árboles. Y así comenzó esta experiencia con los Sin techo.

P. ¿Cómo fue creciendo esta labor?

R. Cuando el primer centenar de familias se decidió a abandonar la calle, fueron ellas mismas las que convencieron a otras, que había que cambiar. Así fueron llegando cada vez más familias, más gentes que nos decían: “¿Y a nosotros qué?”. En siete años hemos recibido unas 35.000 personas, de las cuales unas 15.000 están viviendo en los diferentes poblados que tenemos para los Sin techo. Al resto, después de pasar algún tiempo entre nosotros, las hemos ayudado a volver a sus lugares de origen.

P. ¿Qué hacen ustedes con las 15.000 personas que ahora tenemos acogidas?

R. A la gente no las podemos acoger sólo con buenas palabras, teníamos que hacer algo por ellas: hemos construido un centro de refugiados. Las personas con las que nosotros empezamos ya llevaban cinco o seis años en la capital, viviendo en la miseria, ya que al comienzo de los años 80 hubo una gran recesión económica y muchas personas se quedaron sin trabajo. La mayoría de la gente vivía en alquiler y no podía pagar una vivienda; así quedaron en la calle sin nada y para ellos había en primer lugar que hacer casas.

La terapia del trabajo

P. ¿Cuántos poblados tienen?

R. Tenemos ya 17 pueblos. Antes de construir un pueblo ya sabíamos qué tipo de vida se iba a llevar allí, en qué se iba a trabajar. Comienzan sus habitantes por hacerse su propia vivienda, las calles, la infraestructura y servicios públicos: escuelas, dispensarios, etc. Se trata así, primero, de llevar a cabo un programa de rehabilitación y de integración social de gente que antes no ha tenido posibilidades, ya que vivía de la mendicidad. Para este tipo de personas la mejor terapia es el trabajo y en estos poblados se trabaja con un horario fijo y no cuando a uno le apetece.

P. ¿Cómo se las ingenió usted para construir estos poblados?

R. Como cura yo he estudiado filosofía y teología, pero tuve la suerte de tener un padre albañil que me enseñó a trabajar con las manos a partir de los ocho años y a los 13 ya sabía levantar una pared. Eso me sirvió muchísimo cuando nos pusimos a hacer viviendas en los poblados, que es donde nosotros utilizamos la mayor parte de la mano de obra. Hemos creado más de 3.000 empleos.

P. ¿Qué tipo de empleos?

R. Los primeros fueron para la gente que integramos en el campo, fueron empleos agrícolas. Con la gente que se quedó en la ciudad comenzamos a trabajar en las canteras pues la Providencia nos puso sobre una montaña de granito y empezamos a picarla, a hacer gravas y después adoquines, lajas y arena. Vendemos estos productos a las empresas constructoras.

P.¿Para este trabajo ha contado usted con la ayuda de voluntarios?

R. Sí, con voluntarios malgaches. Siempre he querido tener como colaboradores a los jóvenes naturales del país. Conocía a muchos jóvenes universitarios que estaban sin trabajo. Me decían que querían hacer algo y yo les invité a trabajar por esta gente sin techo. Así se fueron acercando y creamos la asociación “Akamasúa” que significa ‘sociedad de los buenos amigos’, con la que atendemos a los sin techo.

Parroquia para los sin techo

P. ¿Cómo realiza su tarea evangelizadora?

R. Pienso que la evangelización está desde el comienzo de esta obra. Les dije a estas gentes que el domingo les invitaba a rezar, nunca les hemos preguntado de qué religión son. Sólo nos bastaba con decir: Usted es pobre, pues venga; usted tiene hambre, venga con nosotros y usted que está enfermo y no tiene vivienda, venga también.

La mañana del domingo la dedicamos a rezar, a cantar para recobrar fuerzas. Algunos de ellos me preguntaba: ¿Usted es un sacerdote? Sí, les respondía, y ellos continuaban diciendo, ¿entonces por qué no nos bautizas nuestros hijos? Ahora ya tengo asignada a todas estas personas como parroquia personal, una parroquia sin fronteras para los sin techo. Desde hace dos años tenemos la primera parroquia para los sin techo en África. Es una parroquia de 15.000 fieles.

En uno de los poblados se reunen cerca de 5.000 personas a rezar a la vez y hay que ver como cantan y rezan. Hasta los turistas se acercan a verlos. Es todo un espectáculo religioso ver 3.000 niños descalzos, mal vestidos, cantando y rezando durante dos horas y media que dura la misa dominical.

Si pudimos en África…

Artículo tomado de Ciudad Nueva, número 439, de Noviembre de 2003:

El mapa de Madagascar tiene 15 años. Colgado sobre una pared, domina el living de la casa de Ramos Mejía que Luis Opeka, un inmigrante esloveno católico que huyó del comunismo luego de la Segunda Guerra Mundial, construyó él mismo para su mujer y sus seis hijos. El mapa, que ya está un poco amarillento, lo trajo uno de esos hijos que hoy tiene 55 años, es alto y corpulento, lleva una gran barba. Sus ojos transparentes lo revelan tal como es. Habla sentado en un sillón, con el mapa de fondo. Habla de Madagascar, y su vehemencia conmueve y contagia. Es Pedro Opeka, sacerdote, misionero de la Orden de San Vicente de Paul, responsable de una obra humanitaria que es referencia en el mundo.

El padre Pedro lleva adelante un proyecto que sacó de la pobreza a miles de personas y les dio una vida más digna. Su trabajo también le ha merecido reconocimientos y hasta la postulación al Premio Nobel de la Paz. “Creamos una asociación humanitaria con fundamento cristiano “explica“. Y al principio no contábamos con ningún medio económico, sólo la fe y la voluntad. Tenemos un centro de acogida por el que ya pasaron 200 mil personas y a todas les dimos una respuesta inmediata y concreta. Creamos 17 barrios con saneamiento, espacios verdes, infraestructura deportiva y dos cementerios. Hay un millar de personas construyendo sus propias casas y unas 2.500 trabajando en las canteras, de las que sacamos piedras y adoquines que les vendemos a empresas. También tenemos talleres de formación profesional de carpintería, mecánica automotriz, confección, bordado y artesanado. Estamos al 50% de la autosuficiencia”, y para reforzar sus palabras muestra decenas de fotos de los pueblos que ayudó a construir en las afueras de Antananarivo, la capital de Madagascar. Se ven bonitas casas de dos plantas con balcón, rodeadas por colinas. También hay centros de salud, iglesias y hasta un estadio de fútbol que no tiene nada que envidiarle a los nuestros.

Después de pasar 15 años en la selva malgache “años que, según Opeka, fueron su “noviciado”, en el que aprendió la cultura, la mentalidad y la lengua de ese país“ el religioso se asentó en la capital. “Me encontré con una ciudad destrozada: mendigos, chicos pidiendo en la calle, robos. La gente vivía del basurero. Ahora es una ciudad digna, figuramos en una guía turística francesa y los turistas vienen a conocer nuestro barrio y a la misa de los domingos “de la que participan 6 mil personas“ y salen llorando, contagiados de emoción. Yo digo que lo que los gobiernos excluyen, Dios lo recoge y lo incluye. Estas personas que antes eran marginadas hoy son un modelo evangelizador para los ricos de Europa”, dice Pedro, que tiene como colaboradores a 253 jóvenes profesionales y voluntarios malgaches.

Lo primero que hizo Opeka fue crear comedores para los chicos que se morían de hambre. Y luego comenzó a construir escuelas donde educarlos: “14 años después, son las más bonitas de la ciudad, con 7 mil alumnos de los diferentes niveles y un índice de éxito escolar del 90%”. Para Pedro, la educación es la herramienta para progresar. “Mi propuesta fue trabajo, escolarización y disciplina. La escuela es la prioridad, y el trabajo la manera de que se realicen y salgan de la asistencia, que los fragiliza y los arruina porque no les permite salir de la dependencia”, sostiene.

Echar luz

Opeka dejó Argentina en 1968, cuando el índice de pobreza era del 3%. Pensó que era algo que se iba a solucionar. Tenía 25 años, una firme vocación de trabajar por los demás, y la convicción de poder hacerlo en Africa, “el continente más abandonado y olvidado del mundo”. Y lo logró.

Cuando se le pregunta por la realidad actual de Argentina se muestra dolido: “El otro día pasé por Villa Hidalgo “comenta“. Eso es Africa. No puede ser que en este país, con las riquezas materiales y humanas con las que se cuenta, la gente tenga que vivir de esa manera. La mayoría de la gente que vive en las villas es buena, pero también es rehén de los que quieren hacerse pasar por pobres y en realidad son malhechores. A esos el Estado tiene que hacerles frente. Las villas están monopolizadas por mafias. Hace falta abrir calles, llevar el agua, construir viviendas dignas, escuelas y salas de salud. Darle luz a esa gente, no sólo luz eléctrica sino en todo sentido”, por eso considera que es importante que también la Iglesia esté presente en las villas. Para el padre, se puede vencer la pobreza: “En Antananarivo “cuenta“ los chicos ya no piden en la calle, están en la escuela. Hubo 1000 reuniones con los pobres del basurero, y recién a la reunión 1001 empezaron a pensar que podía ser posible. Pero nunca bajamos los brazos, aunque veíamos a los chicos sufrir porque sus padres no tomaban conciencia. Pero logramos revertirlo, persistiendo con amor, bondad y solidaridad, y estando con ellos en los momentos más duros de enfermedad, hambre e inundaciones. La gente respondió porque encontró un lugar donde es respetada y valorada”.
Opeka invita a quienes trabajan por los demás a seguir adelante: “Hay gente que da su vida por los demás y a esa gente le digo que siga. En todas partes se puede vivir el Evangelio porque es inagotable y siempre puede hablar”. Para él no hay imposibles ni fórmulas mágicas: hace falta voluntad, esfuerzo y dejarse guiar por la providencia. “Si pudimos en Madagascar, aquí también se puede”, es su respuesta. Razón no le falta.

Algunos videos sobre el Padre Opeka

Pedro Opeka, entrevistado por Jordi Batallé

Padre Pedro. El hombre que puede salvar al mundo:

Primera parte:

Segunda parte:

Tercera parte:

Algunos más en YouTube:

Te invito a mirarlos. Algunos son muy reveladores.

Para saber más

Por no extender más este retazo, te invito a profundizar en la figura y, sobre todo, la labor de Pedro Opeka en las siguientes fuentes:

  1. Las comunidades de los Misioneros Paúles (Congregación de la Misión) e Hijas de la Caridad. Posiblemente tienes alguna cerca de ti. Te lo aseguro: te recibirán cordialmente y estarán encantados de acompañarte en la apasionante aventura de seguir a Jesucristo desde los pobres, efectiva y afectivamente. Ellos te indicarán, si así lo buscas, la forma de colaborar con esta misión.
  2. La Editorial CEME publicó el libro “Un Viaje a la Esperanza” del escritor argentino Jesús María Silveyra, en el que el autor relata la vida de Pedro Opeka y describe la obra social que realiza en las afueras de Antanarivo, capital de Madagascar.
  3. La Web dedicada al Pedro Pablo Opeka y su proyecto Akamasoa.

Sobre el autor

Javier

Laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión. Gestiona y mantiene varias páginas web cristianas y vicencianas, incluida La Red de Formación "Somos Vicencianos", de la que es cofundador. Es también coordinador internacional de .famvin, la Red de Noticias de la Familia Vicenciana. Como músico católico, ha editado varios discos. Es Director General y cofundador de Trovador, una reconocida compañía discográfica católica de España. Graduado en la Universidad Oberta de Catalunya con cuatro grados (Asistente de dirección, Gestión Administrativa, Recursos Humanos y Contabilidad Avanzada). Bilíngüe Español/Inglés. Trabaja en las Tecnologías de la Información, ofreciendo servicios de alojamiento, diseño y mantenimiento Web, así como asesoramiento, formación y soluciones informáticas, gestión documental y digitalización de textos, edición y maquetación de libros, revistas, flyers, etc.

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